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Las tristes orgías de Hugh Hefner, el hombre tras Playboy

Las tristes orgías de Hugh Hefner, el hombre tras Playboy

La desvergonzada vida sexual del dueño de Playboy siempre y en toda circunstancia había sido objeto de fascinación y envidia. Mas sus exnovias cuentan ahora que lo que parecía un templo de placer y erotismo para el planeta exterior era realmente un calvario para ellas, quienes debían agradar al jefe.

El enorme éxito que tuvo la gaceta Playboy hasta hace poco tiempo obedeció al carácter aspiracional que transmitía. El modo de vida que encarnaba era el de un hombre complejo, siempre y en todo momento rodeado de mujeres preciosas, conocedor de los mejores licores y tabacos, viajante internacional, amante de la buena música y a quien jamás le faltaba plata.

El símbolo de mercadeo de ese término era, nada más y nada menos, el dueño de la publicación: Hugh Hefner. Desde el primer ejemplar, en mil novecientos cincuenta y tres, en las páginas de la gaceta se registraban cada semana las actividades de su autor. El sitio donde se desarrollaba ese planeta hedonista era la Mansión Playboy, ubicada en la ciudad de Los Ángeles. Allá convergían las personalidades más conocidas de Hollywood, millonarios, políticos y, sobre todo, mujeres sorprendentes. Cada semana había una enorme celebración en la que podían aparecer Jack Nicholson y Robert de Niro, Julia Roberts y Cindy Crawford, algún Rockefeller, Steve Jobs y doce conejitas bastante ligeras de ropa para divertir a los convidados.

Hugh Hefner los recibía la mayor parte de las veces en una muy fina pijama sobre la que vestía una bata corta de seda roja, y con su imprescindible pipa en la boca. Proyectaba la imagen de un James Bond recién levantado.

Los lectores de Playboy, seguramente casados y con vidas rutinarias, proseguían con envidia, semana a semana, el recorrido de este sultán del placer. El logotipo con la cabeza del conejo y la imagen de Hefner en pijama no solamente se transformaron en una fabulosa estrategia sino dieron pie a la revolución sexual del pasado siglo. Eso requería persuadir a la audiencia de que el matrimonio y la monogamia eran conceptos anacrónicos y que la libertad sexual ofrecía opciones de vida más abiertas y glamurosas.

La prueba de que eso era posible era el propio Hugh Hefner. El hombre de la bata roja y la pipa era objeto de envidia colectiva. Vivía en su increíble mansión, en donde se alojaban sus parejas de turno, que cambiaban en número. Raras veces era una sola mujer; lo normal eran 3, 5 o bien hasta 7. Lo sorprendente de ese arreglo es que todas y cada una debían acostarse con él simultáneamente, lo que se le dejaba saber al público. Un par de veces por semana, Hefner y sus compañeras iban a danzar a una disco hasta al amanecer y, de regreso a casa, todas y cada una debían participar con él en una orgía.

Ese harem de Las mil y una noches con sexo en conjunto era bastante difícil de comprender. Las novias del magnate admitían esas prácticas como contraprestación por el privilegio de vivir sin coste en un palacio, percibir cada una mil dólares americanos semanales para sus gastos y hacerse cualquier cirugía plástica que quisiesen por cuenta de la compañía. Ellas eran, generalmente, conejitas que habían aparecido desnudas en las páginas de la gaceta y que se sentían honradas de ser convidadas a ser parte de ese planeta legendario.

Esa vida desvergonzada y exótica dio para un reality de T.V. llamado Girls of the Playboy Mansion. En este se mostraba la rutina rutinaria de Hefner, quien había pasado de 7 compañeras a 3. Por razones de censura, los aspectos sexuales solo se insinuaban, mas incluso de esta forma el programa del canal Y también! Entertainment fue un superéxito.

Mas últimamente ha quedado claro que ese paraíso erótico no era tan ideal como parecía. Ciertas mujeres que ya no viven ahí han publicado libros y artículos sobre el averno que vivieron. Por vez primera se descubrieron los detalles de de qué manera funcionaba la mecánica sexual de un hombre de setenta o bien ochenta años que debía torear, solo, a doce de mujeres que no pasaban de los veinticinco. La armonía que se veía en TV era únicamente una actuación para esconder las vejaciones y frustraciones que las jóvenes experimentaron en la mansión.

Kendra Wikinson, una de las protagonistas del programa, contó su experiencia en los próximos términos: “Yo tenía apenas diecinueve años y como allí todo parecía normal, me sometí a las reglas del juego. Al fin y al postre vivir con uno de los hombres más conocidos del planeta, en una casa de ensueño, y percibir cuatro mil dólares estadounidenses por mes era mejor que ser mesera. A ‘Hef’ le agradaba la pornografía y el lesbianismo, por ende había 2 pantallas de TV enormes que pasaban películas sexuales. Nos tocaba imitar lo que aparecía en pantalla si bien no fuésemos lesbianas. Primero, éramos 7 chicas desnudas. Dada su edad, el Viagra no era suficiente y debíamos excitarlo oralmente. Entonces todas y cada una debíamos pasar por turnos a la acción. Una por una, debíamos estar no más de 2 minutos encima o bien debajo de él, ya antes de cederle el turno a la próxima. Era como meter y sacar una tarjeta de crédito: cero sensación, cero placer”.

Otra de las protagonistas, Holly Madison, hizo un cómputo todavía más despedidor de esas maratónicas jornadas sexuales: “Creo que no solo nosotras no sentíamos nada, sino tampoco. Para mí, lo único que le interesaba era nutrir su historia de leyenda más que su placer. Sabía que iba a entrar en los libros de historia como el autor de una revolución sexual y sus orgías debían ser una parte del libreto”.

Lo que queda claro es que , con tal de no ser meseras, hicieron cosas que no les agradaba hacer. Aparte de tener que protagonizar escenas lésbicas, otro capricho de Hefner era el sexo anal. Para Holly, esta era una obligación repugnante. Kendra, quien el día de hoy tiene una enemistad a muerte con su vieja compañera, comentó hace poquitos días en Twitter: “Ahora le semeja repugnante, mas mientras que recibía los mil dólares americanos semanales se veía bastante cómoda”. Conforme Kendra, Holly siempre y en todo momento trató de casarse con Hefner y el resquemor obedece a que jamás deseó.

Quizá el dato más curioso, conforme los testimonios de las protagonistas, es que Hefner, frente al temor de que alguna de esas novias quisiese quedar encinta para sacarle plata, jamás se venía dentro de ellas. Su eyaculación, entonces, era manual y externa.

Todo eso ha alterado en los últimos 3 años. Hefner, quien termina de cumplir noventa, pasó de las orgías al matrimonio con una de sus conejitas, Crystal Harris Hefner. Esta tiene treinta años y, como era de suponerse, todo el planeta piensa que admitió el link con el anciano por la herencia. El día de hoy en la mansión no hay actores de cine, ni millonarios, ni mujeres topless, sino más bien 2 enfermeras y un tanque de oxígeno.

El magnate termina de poner su casa a la venta por doscientos millones de dólares americanos, con una sola condición: que el comprador deje que prosiga viviendo allí hasta su muerte. Para el vendedor no es un mal negocio si se considera que la adquirió en mil novecientos setenta y uno por un millón de dólares estadounidenses. Para el comprador la cosa no es tan buena, puesto que esa mansión no vale jamás el costo que se pide, y es un fallo opinar que por la historia de leyenda de las orgías de Hugh Hefner alguien pagará más.

Esas orgías pueden haber sido muy desganadas, mas hay que reconocerle a Hefner que cambió el planeta. Lo que Steve Jobs fue en la tecnología, el anciano de Playboy lo fue en el sexo. Cuando lanzó su gaceta, las pequeñas debían casarse vírgenes. El día de hoy, las que encaran esa situación se abochornan. En mil novecientos setenta, los papás ocultaban las gacetas de los hijos, que siempre y en toda circunstancia las hallaban. El día de hoy, Playboy es tan zanahoria que hace 3 meses anunció que frente a la cantidad de sexo que hay en la red de redes, no iba a publicar más fotografías de mujeres desnudas. La revolución llegó a su fin. Y probablemente falta poco a fin de que le llegue el fin al hombre excelente que se la ideó.

Las tristes orgías de Hugh Hefner, el hombre tras Playboy

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